jueves, 28 de septiembre de 2017

The Rolling Stones – Estadio Olímpico (Barcelona), 27/09/2017


Me resulta complicado tratar de ser objetivo al hablar de los Stones. No sólo son la banda mejor y más importante de la historia del rock. Son mi banda. Esa con la que he crecido, que tantas alegrías me ha dado y a la que llevo años siguiendo de forma incondicional. La banda de mi vida. Y por ello, soy de la opinión de que, simplemente el hecho de poder, a estas alturas, seguir disfrutando de ellos encima de un escenario, ya es motivo de felicidad y agradecimiento. Algo que sé que echaré mucho de menos cuando no estén.

Pero ayer en Barcelona, mi sensación fue algo agridulce

Dulce por tenerlos otra vez delante de mis narices. Dulce por ser testigo, nuevamente, de una colosal actuación de Mick y Ronnie, ambos inmensos toda la noche. Dulce por asistir a otra “master class” de Charlie, quien, además, estuvo más sonriente que de costumbre. Dulce porque, a pesar de llevar ya un buen puñado de conciertos suyos a mis espaldas, cinco de los veinte temas que sonaron ayer (“Just Your Fool”, “Ride 'Em on Down”, “Slipping Away”, “Rocks Off” y ¡¡¡”Under My Thumb”!!!), era la primera vez que los oía en directo, algo que dice mucho en favor de un grupo al que sus detractores acusan de “tocar siempre las mismas canciones”. 

Y dulce porque...¡diablos!, volví a emocionarme, a saltar, a cantar hasta desgañitarme y a vibrar como siempre que los tengo delante.


Dulce y, sin embargo, a la vez algo agria, por darme cuenta de que, definitivamente, Keith ya no está para estos trotes. 

Sí, sé que hace años que son habituales sus altibajos y sus errores en directo. Pero, a pesar de ello, hasta ahora, yo era el primero que le perdonaba y justificaba todo. ¡Incluso en su tour de 2014, no sé si llevado por mi pasión, creí verle mejor que en años precedentes!. 

Pero ayer, su actuación fue descorazonadora. Apático, ausente, fallón y dando la sensación de estar ya de vuelta de todo y hastiado de interpretar un papel en el que me da que ha dejado de creer.


Habían transcurrido los primeros seis temas de la velada y llegaba el momento en el que Mick, como cada noche, tenía que presentar la canción seleccionada por el público a través de sus votaciones y que interpretarían a continuación. 

Pero no fue posible. Antes de que pudiera hacerlo, Keith entró en falso con el riff de guitarra de “Rocks Off” y no sólo arruinó la presentación, sino que desconcertó completamente al propio Mick, quien creo estuvo a puntito incluso de parar el tema

Amigos, nunca hasta ayer había visto a Jagger en esa situación, lanzando esas miradas de desaprobación a Richards y haciendo esos gestos de sorpresa al resto de sus compañeros.


Transcurridas tres canciones más, nos encontrábamos en el ecuador del concierto. Y, con él, llegaba el momento, también habitual, en el que Mick debía presentar a la banda y abandonar el escenario para darse un respiro, mientras Keith tomaba el mando de la voz durante un par de temas. Pero ayer, tampoco este trámite salió como el resto de noches. 

En lugar de comenzar inmediatamente con el primero de estos temas (“Happy”), Keith se quedó impertérrito y como bloquedado frente al micro, sin poder pronunciar palabra y mirando arriba y abajo durante unas decenas de segundos que parecieron una eternidad. Confieso que llegué incluso a preocuparme por él, pensando que le estaba sucediendo algo. Finalmente volvió en sí y “Happy” pudo arrancar, pero era más que evidente que algo no iba bien.


Son sólo dos ejemplos de situaciones ocurridas ayer, que estuvieron intercalados entre algunos momentos más lúcidos (se me viene, por ejemplo, a la cabeza, el solo de guitarra de “It’s only Rock&Roll”, en su sitio y bien tocado) y otros (la mayoría) que no tanto. 

Quizás solamente se trató de un mal día (he oído que andaba algo acatarrado y puede que eso también influyera). Pero, no os voy a engañar. Mi sensación general sobre el estado del amigo Richards no fue para nada halagüeña.


Lamento que quizás pueda parecer que, el tono agrio de la crónica, pesa más que el dulce. No amigos, tampoco pretendo ni quiero que os llevéis esa idea de lo vivido ayer. 


Un concierto de los Stones siempre es sinónimo de alegría, de nervios previos, de emoción, de desmadre...En definitiva, sinónimo de Rock&Roll. Y ¡qué carajo! Ayer, ninguna de esas cosas faltaron a su cita.

En apenas tres semanas, volveré a verlos en París. Y espero, para entonces, tener que comerme mis palabras y poder contaros aquí que todo era una falsa alarma y el jodido Keith está hecho un chaval. Quizás os lo cuente, sí. Pero, si eso sucede, no olvidéis que, a veces, la pasión no le deja a uno ser demasiado objetivo...

jueves, 13 de julio de 2017

Tom Petty and The Heartbreakers - Hyde Park (Londres), 09/07/2017


Nunca había visto a Petty en directo hasta el pasado domingo en Hyde Park. Me perdí su gira europea de 2012 y, desde entonces, no habíamos tenido a tiro otra oportunidad. Ya saben ustedes, el de Gainesville no es un tipo que se prodigue mucho por el viejo continente. Así que, cuando anunció su show londinense como el único que daría en Europa este año, me dije a mi mismo que ésta sí sería la buena… ¡Y vaya si acerté! El rubio y sus Heartbreakers se marcaron un concierto que se encuentra ya en mi “Hall of Fame” personal de los mejores a los que haya podido asistir.


Lugar idóneo y cargado de historia. Temperatura ideal. Visibilidad adecuada y sonido impecable (al menos desde mi posición). Comunión absoluta con las 65.000 almas presentes (está claro que "London is different"). Escenografía maravillosa. Una banda en estado de gracia. Un setlist magnífico. Una invitada estelar (la “Fleetwood Mac” Stevie Nicks). Y un capitán de la nave que se encuentra a la altura de los más grandes. Esa y sólo esa fue la fórmula de la ecuación perfecta.

Mis expectativas eran altas y, mis nervios, los de las grandes ocasiones. ¡Para qué os lo voy a negar! Sobre el horario previsto, los tipos salen a escena como quien no quiere la cosa y, sin trucos ni artificios, comienzan con un “Rockin' Around (With You)” que rompe el hielo y suena a gloria. ¡Qué mejor forma de empezar un show de 40 aniversario que con la primera canción de su primer álbum con los Heartbreakers!


Le siguen “Mary Jane's Last Dance” (con su peculiar ritmo y su vibrante final) y la pegadiza “You Don't Know How It Feels”, en la que no es Tom sino el multinstrumentista Scott Thurston quien se arranca con la armónica.

El repertorio de la noche recorrerá la mayor parte de sus etapas, si bien con dos únicas concesiones a sus últimos discos (una de cada uno). La potente “Forgotten Man”, de su “Hypnotic Eye” de 2014, es la primera de ellas. La Zeppeliana “I Should Have Known It”, que tocarán mediado el show, será la otra. Magníficas ambas.


"¿Queréis cantar conmigo?", dice Petty. Obvia señalar la respuesta enfervorecida del público. “I Won't Back Down” y, sobre todo, “Free Fallin'” ponen a Hyde Park patas arriba y a mi con la piel de gallina y los ojos llorosos por vez primera en la noche.

Esa joyita llamada “Walls” propina un momento de semi descanso, antes de que la audiencia se venga de nuevo arriba con un “Don't Come Around Here No More” cuyo estribillo creo se nos oyó gritar a kilómetros a la redonda.

Llega el momento de presentar a la banda y Tom se muestra especialmente simpático con cada uno de ellos, de quienes dice son casi más cercanos a él que su propia familia.


Sus dos nuevas (y preciosas) coristas, hermanas para más inri (The Webb Sisters) son quienes abren la tanda de introducciones y reciben el primer cariño del público. Las sigue el gran Steve Ferrone, un batería top del que Tom dice que probablemente sea "el mejor músico con el que nunca haya tocado" (aparte del único “bebé negro que había en Brighton”).

Si quieres montar una buena banda de Rock&Roll, necesitas un buen bajista…y yo tengo a uno de los mejores”, señala sobre Ron Blair. “Conozco a Benmont Tench desde que éramos chavales. Tomé la decisión de tocar con él cuando vi que era capaz de interpretar con su teclado el Sgt. Pepper's de los Beatles de principio a fin”.


Tom se toma su tiempo con cada uno de ellos. Pero no nos importa. Lejos de hacerse pesado, consigue sacarnos una sonrisa tras otra con cada una de las historias.

En 1970 vi un anuncio donde se ofrecía un guitarrista. No tenía teléfono, pero sí una dirección. Decidí ir y me encontré a un tipo con una guitarra de 60 dólares. No resultó muy prometedor. Pero, de pronto, se arrancó con el riff de “Johnny B. Goode” y dije: ¡quiero a este tío en mi banda para siempre! Y, ese tío, sigue conmigo hoy día y se ha transformado en uno de los mejores guitarristas de rock del mundo. Damas y Caballeros, Mr. Mike Campbell”.

Igual que presume Springsteen de su E-Street Band, lo hace Tom de los Heartbreakers. Veo en ambas bandas muchas similitudes y, en ambos jefes, motivos sobrados para hacerlo.


Estamos en el ecuador del show y llega uno de los momentos esperados por todos. Desde que se supo que Stevie Nicks iba a ser la telonera, quien más quien menos se la imaginó marcándose a dúo el “Stop Draggin' My Heart Around”, tal y como hicieran en 1981. Y así, tal cual, fue como sucedió. Treinta y seis años después, Stevie y Tom mano a mano en el escenario. ¡Bravo!

Miro a mi alrededor y veo cómo la emoción se palpa en el ambiente. Tengo a mi derecha a unos tipos de la edad de mi querido padre, de esos con pinta de estar curtidos en mil batallas, a los que se les caen los lagrimones literalmente de los ojos. El efecto contagio es inmediato. Amigos, ésta es la magia de la música. Respiro hondo y me siento afortunado de estar allí, entre esa gente y en ese preciso instante.


It's Good to Be King” inicia un set de tres temas seguidos correspondientes al magnífico “Wildflowers”. La interpretación comienza pausada y baja por unos momentos el punto álgido en el que estábamos. Pero, poco a poco, va in crescendo y, tras cerca de 10 minutos (la más larga del show), acaba desbocada en un estupendo final.

No suelo tocar esta canción frecuentemente, pero hoy voy a hacerlo porque me da la gana”, dice Tom como apertura a “Crawling Back to You”, mi gran favorita del álbum. Se va haciendo de noche y la escenografía visual destaca cada vez más. Los coros de las hermanas Webb lucen especialmente en este tema. El sonido es perfecto. La interpretación, memorable. Sin duda, para quien escribe estas líneas, uno de los momentazos de la velada.


Tom coge la guitarra acústica y completa la triada de “Wildflowers” con el tema que le da título al álbum. ¡Carajo! ¡Qué bueno es este disco! Y ¡qué gozada poder oír también esa canción en directo esta noche!

Learning to Fly” es la siguiente. La banda la interpreta mientras las enormes pantallas proyectan un precioso y elaborado vídeo con imágenes que repasan toda la carrera de Petty. El momento (una vez más y van ya unas cuantas…) vuelve a ser mágico.


Yer So Bad” y la mencionada arriba “I Should Have Known It” dan el pistoletazo de salida a la parte final del show, antes de que suene “Refugee” y, de nuevo, Hyde Park al completo, coree puños al aire hasta desgañitarse.

Cuando desde hace tiempo, mientras escuchaba sus discos, imaginaba cómo sería ver a Tom Petty y los Heartbreakers en directo, lo hacía de muchas maneras. Pero había una que siempre primaba sobre las demás: me los imaginaba interpretando “Runnin' Down a Dream”. Y me veía a mí presenciando emocionado ese riff inicial de guitarra, esa pegadiza melodía, esa magnética forma de cantar de Tom, ese magistral solo final de Mike Campbell,…


Y, sí amigos. Aquello, esta vez, no era un sueño. Ahí estaba yo, con Tom Petty y los jodidos Heartbreakers frente a mí, cascándose un “Runnin' Down a Dream” que no olvidaré nunca y con el que dieron por concluido el show.

¿Concluido? Bueno, todos sabíamos que no era así. Los chicos volverían a salir a escena para darnos otra dosis en forma de propina. “You Wreck Me” y (por supuesto) “American Girl” pusieron el broche de oro a una formidable velada.


A veces, la gente me pregunta que si realmente compensa andar de acá para allá, invirtiendo tiempo, dinero y esfuerzo, avión tras avión, kilometrada tras kilometrada, sólo por ver a unos tíos tocando unos instrumentos encima de un escenario… ¡Demonios! Quizás no lo entendáis, pero ¡claro qué compensa!

Sí, lo sé. Es sólo Rock&Roll. Pero, gracias a él, la vida puede ser a veces maravillosa...


martes, 27 de junio de 2017

Azkena Rock Festival 2017


Son ya unas cuantas ediciones del Azkena las que llevo a mis espaldas y he de decir que, sin duda, ésta ha sido la mejor de todas ellas. La más compensada y de más alta calidad desde el punto de vista musical. Aquella en la que mejor han sonado todos y cada uno de los conciertos a los que he podido asistir. Y en la que he percibido un mayor cariño y buen hacer por parte de la organización.


Porque sí, lo más importante es la música. En eso estamos de acuerdo. Pero, si además de ser ésta de excelente nivel, le pones un mimo y un cuidado especial a todo lo que la rodea, entonces es cuando llevas todas las de ganar: recinto amplio y sin agobios (salvo momentos muy puntuales), cuidada y detallista decoración (el recuerdo en los escenarios a los músicos “caídos” durante el año es de chapó), ausencia de colas para ir al baño o pedir comida y bebida (el sistema cashless funcionó a las mil maravillas), actividades paralelas tremendamente atractivas (bravo por la nueva zona “Trashville”, todo un acierto) y un ambiente en el que se respira pasión por la música. De verdad que me cuesta mucho pensar, ahora mismo, en otro evento que pueda ofrecer más, a alguien como yo, de lo que este Azkena ofrece.


VIERNES 23 DE JUNIO


Me hubiera gustado llegar a tiempo de ver a los Godfathers, pero no pudo ser. Así que, nuestra primera toma de contacto con el festival se produjo con The Shelters. Banda joven y de la que apenas teníamos noticias, más allá de saber que venía apadrinada y producida por el gran Tom Petty. Sonaron frescos y se les nota con ganas de comerse el mundo. Nos gustaron. Habrá que tener la vista puesta sobre ellos en el futuro.


Finalizados The Shelters, tenía dudas sobre si ver a Crank County Daredevils o a King’s X y, al final, me decanté por estos últimos. Reconozco que no soy fan, pero su propuesta me llamaba bastante la atención. Y, sin llegar a volarme la cabeza, he de decir que para nada me desencantaron. Aunque, mediada su actuación, mi mente estaba puesta ya en la tarea de ir a coger buen sitio para uno de los platos fuertes de la noche: Cheap Trick.


No pude verlos en su anterior visita de 2011 y tenía muchas ganas de hacerlo. Su sola aparición por el escenario, ya hizo que mis ojos comenzaran a brillar y una amplia sonrisa se posicionase sobre mi cara. La cosa pintaba bien y para nada me decepcionaron. Puro divertimento desde su “Hello There” inicial, con un Rick Nielsen pletórico a la guitarra. Y un final del show con “I Want You to Want Me”, “Dream Police” y “Surrender” que fue de auténtico escándalo. ¡Bravo por ellos!

El siguiente objetivo de la noche era una banda nueva sobre la que teníamos puestas muchas expectativas: Hellsingland Underground


Y he de decir que, el ratillo que los prestamos atención, para nada nos parecieron malos musicalmente. Pero, no sé por qué, no conseguimos conectar del todo con su propuesta. Quizás en un club pequeño la cosa hubiera sido distinta pero aquí, me dio la sensación de que el escenario se les quedaba un poquito grande. Así que, a mitad de show decidimos cambiar el objetivo y darnos una vuelta por la carpa del “Trashville”. 


Nada más entrar en ella, el asombro se apoderó de nosotros: decoración minuciosa (luz tenue, cortinas, vidrieras, madera,…), ambiente cargado y dos tíos (batería y guitarra) con máscaras, llamados “The Cyborgs”, subidos sobre un pequeño escenario haciendo boogie-blues pantanoso. ¡Diablos! ¡Aquello era como estar en “La teta enroscada” de “Abierto hasta el amanecer”! ¡Sólo faltaba que apareciese por allí Salma Hayek con la serpiente! ¡Qué momentazo, amigos! ¡Tremendo!

Y con ello, llegó la hora del gran capo del día: Mr. John Fogerty. Era mi tercera vez con él y, por tanto, el factor sorpresa de la primera (aquella mágica noche de julio de 2009 en Madrid), no podía ser el mismo. Pero aun así, para mí, ver a Fogerty es como ver a los Stones, a McCartney o a los Who. Es asistir a una clase práctica sobre la historia de la música moderna. Un lujo que sería delito desaprovechar. 


Y el tipo, con 72 años a sus espaldas (que ya quisieran muchos…), vino, vio y venció. Espléndido de forma física y voz, acompañado de una banda de muchos quilates (espectacular su inseparable batería Kenny Aronoff) y con un set list a la altura de los tres nombrados arriba y pocos más. Un auténtico placer que esperamos pueda repetirse.

El reloj apuntaba ya a las 2 de la mañana y el cansancio por el madrugón, el viaje y el tute del día comenzaba a hacer mella. Pero aún quedaba otro as bajo la manga, antes de dar por concluida la jornada: The Hellacopters. El año pasado, me gustaron mucho. En parte, porque los tíos lo valen. Y, en parte, por la agradable noticia de su aparición en el cartel a última hora, después de tanto tiempo separados. 


Y, he de decir que, este año, para nada fue un mal show. Pero, su actuación, quedó un listón por debajo. Quizás por nuestro cansancio y lo intempestivo de la hora. O quizás por la ausencia de ese mismo factor sorpresa que comentábamos arriba. Aun así, esperemos que esta nueva reunión no quede en aguas de borraja y podamos verles de nuevo pronto y, a poder ser, en sala.


SÁBADO 24 DE JUNIO


Otra de las cosas que hace especial al Azkena, son sus clásicos conciertos matutinos en la Plaza de la Virgen Blanca. Hay que reconocer que, año tras año, la organización tiene un tiento especial programándolos, seleccionando bandas a las que, el lugar y la hora, les viene que ni pintado. Y, en esta ocasión, no fue menos. Pat Capocci, un rockabilly venido desde las antípodas, disfrutó (“cuando vuelva a Australia y lo cuente, no se lo van a creer” comentó mientras hacía una foto a la repleta plaza) y nos hizo disfrutar de lo lindo con su marchosa propuesta.

Y, después de un breve descanso, llegó la hora de volver al recinto de Mendizabala, en el que teníamos un primer objetivo marcado: los británicos Inglorious. Y ¡menuda forma de romper el hielo a la tarde! Su propuesta de hard-rock cañero, pero de corte clásico, a lo Whitesnake del “1987”, nos hizo ponernos las pilas desde el primer momento y aplaudir a rabiar. 


¿Era un tal Andreas Eriksson quién tocaba la guitarra? ¿O era el jodido John Sykes? ¿Era su líder Nathan James quien estaba cantando? ¿O era el mismísimo Coverdale? ¡Carajo! ¡Qué buenos!. Personalmente me quedé con ganas de más y deseando volverlos a ver. Conciertazo el de estos Inglorious.

Que un tipo icónico de nuestro rock como Loquillo no hubiera tocado aun en el Azkena, era una cierta injusticia a la que, por fin, se puso fin. Los que me conocen, saben de mi vieja pasión por él desde hace ya varias décadas y, por ello, me hacía especial ilusión verle ahí. Pero algo falla de hace un tiempo para acá. O, al menos esa es mi percepción. 


Sí, es innegable que la banda se encuentra en un estado formidable y quizás en su pico más alto de popularidad. Pero, desde que Stinus no está, siento como que le falta un poco de punch y de épica que antes sí tenían. Su sustituto, Mario Cobo, es un guitarrista formidable. Pero le aporta un aire distinto que, a mí, no me acaba de convencer. Aun así, saldaron su deuda y se despacharon con una hora de clásicos atemporales que hicieron las delicias de los allí presentes.

Los siguientes en la hoja de ruta eran, para mí, uno de los platos fuertes del festival: los británicos Thunder. Desde que, en 1991 cayera en mis manos su entonces recién estrenado y magnífico primer álbum (“Backstreet Symphony”), les he tenido siempre un cariño especial. Aunque, en los últimos tiempos, no ha sido fácil poderles ver en directo (tuve que irme hasta Suiza en2015 para hacerlo). 


En esta ocasión, la organización del Azkena les asignó un horario magnífico (22:00) y les concedió un hueco superior (hora y media) al resto de bandas, para poder demostrar su potencial. Y ellos no fallaron, cascándose un concierto memorable. La banda tocó de forma magnífica. Danny Bowes, cantó como los ángeles, e interactuó constantemente con un público entregado. Y, cada uno de los temas de su repertorio, sonaron a clásico instantáneo. ¿Qué más se puede pedir?. No diga “classic rock”, ¡diga Thunder!.

Tengo guardado el recuerdo de Chris Isaak en el Teatro Calderón de Valladolid (2010) como uno de los grandes conciertos de mi vida. Así que, ya sabía de antemano de lo que este tipo era capaz. Y, el sábado, volvió a darme buena muestra de ello. Su voz, su sonrisa, su elegancia, su forma de encarar el show, su carisma, su sola presencia en escena…Todo en él es extrañamente magnético e hipnótico


Me imagino poder ver a Elvis y lo imaginó así, como Chris. Con ese derroche de clase, a la altura de muy pocos. Entre otros muchos clásicos, sonaron “Blue Hotel”, “Somebody’s Crying”, San Francisco Days”, “Blue Spanish Sky”, “Ring Of Fire” y, por supuesto, un “Wicked Game”, que hizo que directamente se me pusiese la carne de gallina. Grandioso, amigos.

Y si lo de Chris fue de otro planeta, qué queréis que os cuente de lo que vivimos a continuación con The Cult. Sin duda alguna, EL CONCIERTO DE ESTE AZKENA 2017. Así, con mayúsculas. 


Era mi cuarta vez con ellos y, aunque las otras tres ya habían sido tremendas, me parecieron un juego de niños al lado de ésta. Nunca les había visto sonando tan bien, tan potentes, tan compenetrados, con tanta energía, tan abrumadores y con tantas ganas…Buff…Han pasado tres días y aún me tienen noqueado. ¡Qué vozarrón el de Astbury! ¡Qué bestia parda Duffy! ¡Qué forma de patear culos! ¡Qué setlist antológico! ¡Qué barbaridad de concierto! Y ¡qué manera tan maravillosa de poner la guinda al festival!


Así sí, Azkena. Enhorabuena a la organización y ojalá sean muchos más años. ¡Qué larga se nos va a hacer la espera hasta junio de 2018!

miércoles, 31 de mayo de 2017

Appetite for Destruction


Verano del 89. Yo, un tierno preadolescente de 12 años, cuyo interés por la música se reduce aún a contemplar la colección de vinilos de mis padres y escuchar compulsivamente algunos éxitos provenientes de la radiofórmula. Mi pandilla de amigos del barrio, tres cuartos de lo mismo. Aun ninguno somos conscientes del cambio que está a punto de producirse en nuestras vidas.

Arturo, el hermano mayor de uno de ellos, nos presta, a Chor y a mi, una cinta en la que tiene grabada una recopilación casera de grupos (para nosotros) desconocidos. No tenemos ni idea de cómo sonará aquello pero, aun así, le damos una oportunidad y pulsamos al “play” de nuestro inseparable “walkman”.

Tras acabar las dos primeras canciones de la cara A, estamos como hipnotizados. No podemos más que rebobinar y volverlas a oír una y otra vez. Nos recorre el cuerpo la sensación de encontrarnos ante algo peligroso, algo que nuestros progenitores no tolerarían que escuchásemos. Y ello le da, si cabe, un plus de emoción y de riesgo.

El primero de los temas se llama “Sweet Child o' Mine” y, el segundo, “Paradise City”. En la carátula, escrito a mano con boli, dice que los intérpretes son unos tales Guns N’ Roses. El resto de canciones de otros grupos grabadas en la cinta, pasan directamente a un segundo plano. Nosotros ya tenemos nuestro flechazo. Pero, ¿quién carajo son esos tipos?. Necesitamos información sobre ellos. Y, sobre todo, más material que llevarnos a los oídos.


Son tiempos en los que, para un chaval, no es fácil hacerse con un disco, más aún si éste es de un grupo foráneo. Pero, de nuevo Arturo nos salva la vida, consiguiendo que un contacto le grabe el álbum entero y, haciéndonos, él a su vez, una copia de la cinta a nosotros. “Appetite for Destruction” se llama. Curioso nombre éste.

En los dos años posteriores, escucho esa cinta no ya decenas, sino quizás varias centenas de veces. Me aprendo cada estrofa, cada guiño, cada riff, cada solo de guitarra. Decoro mis libros del colegio con fotos de la banda. Me compro una camiseta con las pistolas y las rosas. Y fantaseo con poder ir a verlos alguna vez a un concierto

Comienzo a interesarme por otros grupos: los Stones, AC/DC, Aerosmith, Skid Row, The Cult, Ramones,… Todos ellos me gustan mucho. Pero, cuando las cosas se ponen feas, siempre acabo acudiendo a mi cinta del “Appetite for Destruction”.


Verano del 91. La banda está a punto de publicar nuevo material. Ni más ni menos que dos álbumes dobles llamados “Use Your Illusion”. Mis expectativas andan por las nubes, más aún si cabe, después de oír ese pepinazo de tema de adelanto llamado “You Could Be Mine”. Pero, una vez que caen en mis manos, el suflé se desinfla un poco. Está claro que no son para nada malos discos, sino todo lo contrario…pero palidecen al compararlos con mi “Appetite for Destruction”.

Escucho en la radio que Izzy Stradlin, mi “gunner” favorito, ha dejado la banda. Y eso no me gusta ni un pelo. Inconscientemente, me encuentro ante el principio del fin de mi idilio con ellos.

Poco a poco, dejo de prestarles atención y nuestros caminos se van separando. Otros grupos han tomado el relevo en mi lista de favoritos. Pero, aun así, no hay mes del año que no acuda, al menos una vez, a mi cinta del “Appetite for Destruction”. Aquello se ha transformado ya casi en un ritual.

Verano del 97. La formación clásica de la banda, se desvanece definitivamente. Slash y Duff están también fuera y, Axl Rose, no es ya más que un esperpento. Cada noticia nueva en la que aparece el nombre de Guns N’ Roses, me produce una mezcla de rubor, tristeza y vergüenza ajena, que, en los siguientes años, se torna en indiferencia. Pero, aun así, nunca dejo de acudir a mi cita periódica con el “Appetite for Destruction”.


Abril de 2016. Veinte años después, Axl, Slash y Duff vuelven a aparecer juntos encima de un escenario, en el mítico Troubadour de Los Ángeles. Recibo la noticia y el anuncio de su Not in this lifetime Tour” de forma escéptica y con un feeling no del todo positivo. Pienso que aquello no es más que una reunión a medias (Where's Steven?, Where's Izzy?) que apesta a “todo por la pasta”. Pero, tan pronto comienzan a filtrarse fotos y videos de los tres magníficos en actitud de compadreo, y repertorios plagados de temas del jodido “Appetite”, el gusanillo comienza a picarme de nuevo. ¡Demonios! ¡De nuevo me muero de ganas por verlos juntos interpretando esas canciones!

Mayo de 2017. Si tuviera que elegir un disco, sólo uno, que haya marcado hasta el momento mi vida, sin duda sería el “Appetite for Destruction”. Por supuesto que hay muchos otros que considero imprescindibles, inigualables, obras maestras. Pero él es quien me abrió la puerta a un mundo, el de la música, que desde entonces es mi pasión.

El próximo domingo, tendré la suerte de poder ver en Madrid a tres de los tipos que participaron en su creación, interpretándolo, en su mayor parte, encima de un escenario. Y eso me hace feliz. Pero nada hubiera sido igual sin esa cinta que, en una calurosa tarde del verano del 89, llegara a nuestras manos a través de un amigo llamado Arturo. Desde aquí, ¡gracias por ello!


viernes, 24 de marzo de 2017

Tedeschi Trucks Band – Kongresshaus (Zurich) 18/03/2017


¡Susan, por favor! ¡Tenéis que ir a tocar a España! ¡Hemos venido desde allí sólo para veros! Y no es la primera vez, sino la segunda. ¡En 2015 ya viajamos hasta Londres por el mismo motivo! ¡Somos grandes fans de vuestra música!

“¿Habéis venido desde España hasta Zurich sólo por nosotros? Wow! ¡Muchísimas gracias! ¡Nos encanta España! ¡Nos gustaría mucho tocar allí! Pero el problema es que difícilmente nos saldría rentable…

Esa fue la confesión que nos hizo una amabilísima Susan Tedeschi al final del show, con cara mezcla de sorpresa y agradecimiento, mientras que Derek asentía con la cabeza a todo lo indicado por su mujer.

Y no por cierta y esperada resulta menos triste su respuesta. Está claro que tiene que ser complicado cuadrar los números para conseguir rentabilizar su venida, habida cuenta de los gastos que supone desplazar a 12 músicos y la moderada repercusión que tendrían en nuestro país. Pero, a la vez, resulta una auténtica pena que la única forma de poder catar a una de las bandas actuales con más calidad, mejor gusto y excelsa propuesta, sea haciendo las maletas y poniendo rumbo fuera de la península Ibérica.


Porque, si algo pudimos contrastar en el show del sábado pasado en Zurich, es que estos tíos van en serio. La Tedeschi Trucks Band actual ya no es la banda revelación que en 2012 ganó el Grammy al mejor disco de blues con su álbum de debut “Revelator”. Ni siquiera sigue siendo la agradabilísima sorpresa que pudimos ver hace un par de años en Londres. En este 2017, son ya una realidad más que contrastada, avalada por tres enormes discos de estudio y cientos de conciertos a sus espaldas. Más engrasada y en la que los músicos tocan aún mejor. Una banda que no deja de subir peldaños en el escalafón y que empieza a ser ya todo un referente de un género musical y una forma de hacer, tal y como lo fueron sus adorados Allman Brothers en el pasado. Una banda que, si el mundo de la música fuera justo, estaría destinada a marcar una época. Y no, amigos. No creáis que exagero. Lo que tienen Susan y Derek entre manos es algo muy grande.

Uno se da cuenta de ello desde el mismo momento en que salen a escena y da comienzo el concierto, de modo absolutamente vibrante, con ese pepinazo llamado “Anyhow”. Dos baterías, bajo, teclados, tres coristas y una triple sección de vientos ponen toda la carne en el asador, mientras la guitarra slide de Derek ruge y la preciosa voz de Susan marca su territorio. Por momentos, nos da la sensación de que quizás muestra un pelín de afonía al cantar alguno de los fraseos. Algo mínimo y nada preocupante, pero que nos hace ponernos en guardia de cara a su observación en canciones posteriores. El sonido del auditorio es magnífico y las cosas, salvo por ese pequeño detalle, no pueden empezar mejor.


Don't Know What It Means” toma el relevo, sin solución de continuidad. Susan domina la escena y se atreve con su primer solo de guitarra de la noche, antes de ceder protagonismo al saxo y dejar que éste se adueñe de la canción y la lleve hasta una orgía de cerca de cinco minutos de improvisación a ritmo de funky jazz.

De momento, el repertorio se centra en su espléndido último disco “Let Me Get By”, pero sabemos que esto no durará mucho tiempo. La banda es amante de realizar en sus shows un buen número de versiones clásicas y la primera de ellas no se hace más esperar: ni más ni menos que la marchosa “Keep On Growing”, escrita por Eric Clapton en su etapa de “Derek and the Dominos”. Y en ella, el jefe absoluto pasa a ser el otro Derek, el nuestro, el que ahora nos ocupa. Tira de galones, hace que los focos se pongan sobre su cabeza y se marca un espectacular solo de guitarra in crescendo, primero sin slide y luego con él. ¡Bravo!

La tranquila, a la vez que preciosa “It's So Heavy” pone un poco de freno a la ya desatada noche y sirve para que Susan luzca de forma absoluta su voz. Si aún nos quedaba alguna pequeña duda de que pudiera presentar una ligera afonía, terminamos por resolverla. Todo está en orden. Falsa alarma y nada que temer.

Sabemos que en la banda son enormemente fans de los Beatles y que difícilmente hay concierto en que no suene algún tema suyo (¡hasta tres tocaron la otra vez que les vimos en Londres!). En esta ocasión, el elegido es “Within You Without You”, canción de influencia hindú que los de Liverpool incluyeron en su “Sargento Pepper’s” y a la que, la voz de Susan y la guitarra de Derek, dan un aire muy interesante, hasta terminar por fusionarla con otro tema propio sacado de su último álbum (“Just As Strange”).

La noche se torna de nuevo funky con “Get Out of My Life, Woman” y Susan cede el testigo vocal a su corista principal (Mike Mattison), cuya presencia irá aumentando desde ese momento en el concierto. Las dos baterías funcionan como una locomotora y la sección de vientos atrona, pero es el bajista en este momento quien capta mi atención. Su labor es fabulosa. Discreta y en segundo plano, pero complicada y tremendamente sólida. Un seguro de vida para el resto de la banda.


Al igual que hacían los Allman Brothers, Tedeschi Truck Band suele tocar dos sets de aproximadamente una hora en cada concierto, separados por un breve descanso. Así fue cuando los vimos en 2015 y así esperábamos que fuera esa noche en Zurich. Miro el reloj mientras suena “Idle Wind” y me doy cuenta de que nos encontramos cerca de esa primera hora. Ello, junto a que el tema se alarga en una enorme jam final, me hace pensar que no hay duda de que estamos ante el cierre de la primera parte del show. Pero, para mi sorpresa, una vez que la jam termina, Susan se queda en el escenario, acompañada por su guitarra y dos de los coristas, y comienza a interpretar la siguiente canción. Se trata de “Color of the Blues”, una versión del artista country George Jones que, cantada así, desnuda de instrumentación y casi a capela, no puede sonar más fabulosa.

La banda vuelve a salir por completo al escenario y el aire country de la tonada anterior deja paso al jazz de Nueva Orleans con otro tema incluido en su último disco (“Right on Time”). Parece que comienza a estar claro que, en contra de lo que habíamos pensado, no tiene pinta de que vayan a hacer dos sets distintos separados por un descanso, sino más bien todo del tirón.


La variedad de estilos que abarcan estos tipos es algo digno de admirar. Y, en todos ellos, resultan ser, además, auténticos maestros. Ahora le toca el turno a un tema de inspiración góspel (“I Wish I Knew How It Would Feel to Be Free”), en el que Susan se desprende de su guitarra y pasa a compartir voz, primero de nuevo con Mike Mattison y, después, con los otros dos coristas, quienes aprovechan su momento de gloria marcándose un duelo vocal de muchos quilates.

A pesar de lo soso que resulta, en general, el público centroeuropeo, la banda ha conseguido ya que el ambiente está bastante caldeado. Y digo bastante y no mucho, porque aún iban a hacerlo subir unos cuantos grados más, transformando un blues de manual (“I Pity the Fool”) en el momento cenit del concierto. Susan primero se desgañita a la voz y luego se marca un punteo de guitarra que hace levantarse a la gente de los asientos. Derek saca su slide, toma el relevo y ataca con otro solo antológico, mientras el resto de los músicos lo dan todo sobre el escenario. Me doy cuenta de que, en ese momento, tengo literalmente la carne de gallina. Ha transcurrido hora y media desde que el show comenzase y ahora sí que se retiran al camerino.

Los sosos y tranquilos suizos han dejado de serlo por momentos y gritan en masa “we want more”. La banda se hace de rogar un par de minutos, pero finalmente regresa con “Freedom Highway”, un tema góspel que los Staple Singers grabaran en el año 65 en una iglesia de Chicago. El escenario pasa a transformarse en altar y Susan adopta funciones de reverendo, cantando el estribillo como si fueran salmos que el resto de la banda repite. ¡Momentazo absoluto éste!


Y casi sin respiro, comienza a sonar “I Want More”, otra de las canciones importantes de su último álbum de estudio. Su ritmo marchoso hace imposible dejar de mover el pie. Derek pretende demostrar que aún no había dicho su última palabra y se marca otro extraordinario solo de guitarra, esta vez sin slide. El tema acaba fundido con una versión del "Soul Sacrifice”, canción instrumental de Santana que les viene como anillo al dedo y en la que continúan los lucimientos en otra larga jam final: primero, nuevamente de Derek y, después, de los dos baterías, que se enzarzan en un bonito duelo.

La banda se despide de nuevo y, esta vez, será de forma definitiva. Miro el reloj y veo que, aunque por poco, el concierto no ha llegado a las dos horas. ¡Demonios! ¡Queremos más! ¡No podéis dejarnos así ahora! Pero se encienden las luces del recinto y suena música por los altavoces. Señal inequívoca de que esto ha sido todo.

Nos miramos, sonreímos y pensamos en la gran noche que hemos vivido y que no se nos olvidará. Todo ello, sin saber que aún faltaría la guinda, en forma de breve, pero animada charla con Derek y Susan. Nos hacemos fotos con ellos, nos firman un setlist y un disco y nos despedimos hasta la próxima. Quizás hayan hecho caso a nuestras súplicas y pueda ser en España...


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